Caravaggio el pincel y la espada

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¿Por qué publicamos un cómic sobre Caravaggio en la “Tienda de los Tercios”? Caravaggio nació en Milán en 1571. Por entonces el Milanesado pertenecía a la Monarquía de España y era su Gobernador Álvaro de Sande, marqués de Piovera. Muchas personas relevantes hicieron sus carreras artísticas al amparo de la Monarquía de España y de su manera de entender el mundo. Era así desde principios del siglo XVI y continuó hasta bien entrado el siglo XVIII. La Italia actual (que nació avanzado el siglo XIX) se apropia, de una manera u otra, de una figura que pertenece a otra época. Nosotros creemos que es de rigor ubicar a los personajes en las circunstancias que los definieron, de otra manera resulta imposible entender correctamente la Historia. Dicho esto, Caravaggio:

Otoño de 1592. El joven Michelangelo Merisi da Caravaggio llega a Roma con la intención de convertirse en el mayor pintor de toda Italia. Las sombras y los colores de una ciudad que se debate entre la grandeza y la decadencia, y los personajes que en ella moran, inspiran las obras del maestro de la luz y la tiniebla. Pendenciero, amigo de maleantes y prostitutas, el artista busca sus modelos entre los proscritos, mientras sus trabajos son admirados por la nobleza y el clero.
Milo Manara (El Clic, Los Borgia) nos presenta un díptico consagrado a la figura del genial Caravaggio. A la altura de sus mejores trabajos y en plena forma, el autor vuelve a demostrarnos por qué sigue siendo uno de los grandes nombres del noveno arte.

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Descripción

Formato: Cartoné
Tamaño: 24 x 32
Páginas: 60 Color
ISBN: 978-84- 679-1928- 8

Información adicional

Peso 0.300 kg
Acabado

Cartoné, Rústica

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Santiago de Cuba, 1518, Anno Domini.

Un grupo de españoles desembarca en Cuba buscando fortuna. Farfán es un joven cuya única riqueza que pudo traer desde Sevilla es un Mastín del Pirineo llamado Ventisca. Viaja junto a Ortega, un aguerrido veterano de las guerras de Italia que decide llevarse a su hijo de doce años al Nuevo Mundo huyendo de una triste tragedia familiar; el pequeño Orteguilla. Allí conocerán al viejo vasco Heredia, un arcabucero cascarrabias y desgarbado, y a María, una bonita e indómita joven de la que Farfán quedara prendado desde el primer momento.

Mientras tanto, un hidalgo llamado Hernán Cortés, designado por el teniente de gobernador de Cuba, Diego Velázquez, está organizando una expedición de conquista y rescate a Yucatán, las misteriosas tierras recientemente descubiertas al oeste de la isla. Solo dos capitanes lo han hecho antes; Hernández de Córdoba, que regresó moribundo, con la mayor parte de la tropa masacrada y contando historias sobre fieros e innumerables guerreros, y Juan de Grijalva, del que hace meses que no se sabe nada.

Los recién llegados se alistarán enseguida en la expedición pero serán ajenos, en un principio, al trepidante juego de intrigas que se traerán entre manos los hombres más importantes de la ciudad. Velázquez se ha arrepentido de encomendar la misión a Cortés, pues teme que se le rebele. Por allí donde pasa levanta furor, las tropas lo adoran y no tardará en imponerse como un líder nato. Algunos valientes conquistadores se pondrán de su lado pero otros tratarán por todos los medios de boicotear sus movimientos.

Y al otro lado del mar, impasibles, les esperan densas selvas, violentas tormentas, antiguos templos abandonados, vestigios de una civilización extinta, millones de feroces guerreros indígenas y ricas y poderosas naciones gobernadas por un soberano al que nadie tiene el valor de mirar directamente.

¿Puede un puñado de quinientos españoles rendir uno de los imperios más grandes y despiadados que hayan existido jamás?

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Alonso de Contreras vive entre finales del siglo XVI y mediados del siguiente, en pleno Siglo de Oro, en esa época en la que en el Imperio no se ponía el sol. Desde Sicilia a México, recorrió todas las esquinas de la Monarquía Hispánica, en un momento en el que esta se batía en todos los frentes, potencia universal de orgullo desmedido, sostenida por hombres que, como nuestro protagonista, compartían ese orgullo y una confianza ilimitada en sus posibilidades. Y, ¿cómo no entenderles, cuando los españoles habían conquistado imperios como el de los aztecas o los incas, habían sido los primeros en circunnavegar el mundo o habían cortado las barbas al sultán en Lepanto? Pero el mundo de Alonso es también uno de pobreza, con un chiquillo que con catorce años se hace soldado para escapar del hambre, o un veterano que malvive mendigando, muy lejos de ellos los beneficios del Imperio. Asomémonos a la España de Cervantes y de Quevedo, de Quijotes y de Buscones, a un Mediterráneo surcado por galeras corsarias y a un mundo de horizontes ampliados merced al arrojo de tantos y tantos Alonsos.

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Lope de Vega
Lope de Vega

Se cumplen ahora cuatrocientos años de la mayor revolución en el teatro popular desde los antiguos griegos. Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635), a quien Cervantes calificara de «monstruo de naturaleza » y hoy, con castiza familiaridad, todos llamamos Lope, se encargó de que las comedias se convirtieran en el mayor divertimento popular y en la más excelsa manifestación artística. En aquella sociedad estamental del siglo XVII, el hijo de un bordador estaba abocado -condenado, podríamos decir- a desempeñar el oficio que su padre u otro de la misma consideración social. Sin embargo, Lope de Vega encontró un camino inédito para ganar dinero y fama: sus versos. Por primera vez en la historia de la humanidad un poeta podía prescindir del mecenazgo y vivir de una realidad nueva, inquietante e imprevisible, un monstruo de mil cabezas y cien mil pareceres: el público. Su creación poética le dio un estatus especial. Se llegó a rezar un credo sacrílego: «Creo en Lope de Vega, poeta del cielo y de la tierra…». Este reconocimiento general -frente al que no faltaron disidentes y críticos muy agresivos- le permitió actuar a su aire, contraviniendo en más de una ocasión normas y hábitos sociales. La sucinta enumeración de sus relaciones amorosas puede trasmitir la falsa imagen de un donjuán de sentimientos cambiantes e irresponsables. No fue así. Lope sintió cada amor con fervorosa intensidad, y en los últimos años de su vida, reunió junto a sí a los hijos de Micaela de Luján, de Juana de Guardo y de su último amor: Marta de Nevares, a la que conoció y trató cuando ya era sacerdote.

 

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San Quintín
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Mi nombre es Julián Romero de Ibarrola y soy maestre de campo de los tercios del rey nuestro señor. Sirvo hoy con don Felipe II como ayer serví con su augusto padre, el césar Carlos. Queréis que os cuente mi historia y yo os diré que mi único mérito es haber salvado la piel donde otros dieron la vida. Constato en vuestras miradas que no sabéis lo que pasó en San Quintín. Avergonzaos, ganapanes, porque pocas páginas han escrito nuestras armas más gloriosas que aquella victoria, en la que este vuestro servidor cayó herido cuando una bala de mosquete me perforó una pierna y desde entonces me cuelga así, como dormida. Aún tengo que dar gracias a Santiago de que no hubiera que cortarla, según se solía hacer, para que la gangrena no me comiera el cuerpo.

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